Ladrón conocido

Publicado: 8 diciembre, 2017 en Sin categoría

Seguramente ha tenido un día difícil. Hoy tiene que asistir como testigo al juicio de su hermana por la denuncia de acoso de su ex marido. Después tiene una jornada exhaustiva de seis horas. Al salir recogerá a las niñas en casa de mi madre y las dejará en las clases de piano dos horas. Mientras tanto ella se revolcará en sudores, gritos, gemidos y orgasmos con su nuevo novio; el lumbreras de turno. Nada de todo eso me importa; solo quiero el puto sofá.

 

Lo compramos en cuanto nos entregaron las llaves del piso. Ella lo eligió. Según ella es beige, para mi es gris como el asfalto y punto. A mi el beige, el blanco crudo o el azul magenta me la traen al pairo. Solo quería que escogiera un puto sofá lo bastante cómodo como para espatarrarme ahí la hora y media que durara un partido o los diez minutos que me regalara de mamada.

 

Ella nunca ha sido muy aficionada al sexo; luces apagadas, misionero y a dormir. Siempre fue así. Al principio éramos unos críos y me parecía lo mejor que podría probar en mi vida; una mamada al mes y, antes de dormir, sexo de película ñoña programado para los fines de semana. Me parecía lo lógico; los hombres tenemos instintos animales y las mujeres instintos sensibleros. Es imposible compatibilizarlos cuando ya hay niños.

 

Era la única carencia del matrimonio; yo la quería, de echo la QUIERO, pero mis necesidades, nuestras diversiones, se han visto eclipsadas por nuestras niñas.

 

Las quiero, daría la vida por ellas; pero acabaron con la vida compartida con mi mujer. Yo dejé de existir. Pasé a ser el ingreso mensual y el que las entretiene un par de horas antes de dormir mientras ella se toma un baño. Pasé a ser el que respira y ronca a su lado, en la misma cama; en otro universo.

 

Por eso nunca le dije “desde que están los niños” o “como has cambiado”. Porque ella en realidad siempre fue así; una mamá. Y yo la elegí. Elegí a una mujer que me regañaba, una mujer que me paraba los pies cuando me aceleraba, una mujer que era mi roto… porque yo era un descosido.

 

Pero como yo era un descosido ella tenía excusa para todo; “ingrésame tu nómina y yo la administro para los gastos de casa”, “si sales vuelve mañana que me despiertas a la niña”, “ya me llevo yo a las niñas al parque”, “lo siento se han dormido antes de que llegaras del bar” “Bebe todas las noches pero aquí no duermas”…

Al final ni niñas, ni mujer ni nada. Yo era un extraño en casa para todas ellas y ellas lo eran para mí.

 

“¿Cómo se llama la tutora de tu hija la mayor?” Preguntó la jueza. Ni idea. ¿Qué más da? Es una puta profesora, el año que viene tendrá otra.

 

Y así, poco a poco todo se murió. Yo no confiaba en ella. Así que cuando murió mi abuelo, con el que no tenía contacto desde antes de conocerla, recibí la herencia sin pena y con alivio. Porque todo ese dinero sería para mí.

No era mucho, pero me valía para no dar explicaciones. Pagar un par de copas más sin que ella lo notara ni me faltara para el día siguiente, unos porros, una ronda con los colegas, un arreglito al coche, un bingo, la entrada de un partido, un par de rayas, una puta de esas mimosas que te dan lo que en casa no te atreves a pedir…  Nada que ella pudiera recriminarme sin que salieran a flote todos los problemas.

¿Qué iba a hacer ella? ¿Largarse con los críos y sin trabajo? No le faltaba de nada; no le decía nada por tomarse un café con las amigas, ni dije nada cuando quiso apuntarse al gimnasio rodeada de cachas vendemotos, ni cuando traía bolsas repletas de trapitos que ni las niñas ni ella necesitaban. Yo no necesitaba nada. Lo que necesitaba lo tenía en casa bien escondido. Cien euros diarios; tabaco, gasolina, una buena comida, una buena mamada, un rato en la sala de juegos o una quiniela de treinta euros.

 

Por eso no le dije nada de la herencia, por eso la saqué en metálico y por eso la escondí en el jodido sofá. Menos mal, porque después del divorcio quedó para ella la casa, el coche, el perro, las niñas y una estupenda pensión para los próximos diez años de su vida.

 

Por eso me llevé el sofá. Hoy seguramente ha tenido un día difícil, pero eso me ha servido para saber que no iba a estar en casa en toda la tarde.

He abierto una brecha en el cojín izquierdo del sofá y he ido metiendo pequeños fajos en la mochila. Su novio ha dejado un mensaje en el contestador “Vida (así me llamaba ella) creía que estarías en casa. Salgo ya, iré haciendo la cena.” Mierda. El gilipollas de turno viene.

He lanzado el sofá como he podido balcón abajo, lo he metido en la furgoneta y me he largado de allí, lo más rápido posible. El fajo de billetes, el sofá y yo. Nunca sabrá que había en ese sofá que yo anhelara más que la casa, se preguntará porque coño me llevé el sofá y no me llevé la televisión por ejemplo.

Porque mi libertad siempre estuvo en ese sofá beige; y en los fajos de billetes que dejé allí y que no pude coger cuando ella me hechó.

 

 

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Encuéntrala

Publicado: 4 diciembre, 2017 en Sin categoría

Salió despavorido. Tenía que encontrarla, algo no iba bien. Recorrió los bares donde solía parar antes de llegar bebida a casa. Se acercó al descampado donde ejercía su profesión para despues besarle en los labios como si tal cosa. Entonces cayó en la cuenta. La encontró en casa. Justo donde la dejó; tirada en el suelo con los ojos en blanco y la cabeza sangrando donde la había golpeado.

La dama de la princesa

Publicado: 4 diciembre, 2017 en Sin categoría

Una ciudad se quemó anoche mientras ella limpiaba la letrina y avivaba el fuego en los aposentos de su señora.

 

Meggy calentaba el vino para Aldith cuando ésta entró y se dejó caer sobre su cama suspirando.

 

-¿Desea que le cepille los cabellos mi señora?

 

– Esta noche no Meggy, tardas demasiado, recógelos en una trenza. – Meggy retiró la silla del tocador para que su señora se acomodara y se dispuso a recogerle el cabello.

 

– Desde que padre falleció todos acuden a mi… – se desperezó sobre su asiento y forzó una vocecilla chillona, seguramente imitando a la vieja ama de llaves.- “Señora el herrero nos quiere cobrar 8 chelines más”, “Señora, al mozo se le ha escapado un caballo”… ¡Maldito mozo, maldito herrero y maldito caballo Meggy! Como si no tuviera suficiente con la Guerra del Campo que Padre me ha legado ¡Para eso tengo ama de llaves! Para las tareas del castillo. ¿Qué otra tarea tiene si no?

Aldith resoplaba una y otra vez pero Meggy nunca estaba segura de si su señora esperaba que ella dijera algo o que simplemente se limitara a escucharla. Su señora era más joven que Meggy, apenas comenzaba a ser una mujer. Tenía una tez blanca y el pelo del color del carbón. Meggy, en cambio, escondía siempre su cabello rojo como el fuego, sabiendo que podía ser objeto de estúpidas supersticiones. Aldith era una muchacha instruida y valiente pero la juventud le daba una impulsividad excesiva y a menudo la dominaba el mal genio, con el que escondía la frustración y la añoranza de tiempos más tranquilos en los que ambas acudían a las clases del maestro Kumar.

 

Meggy llegó al castillo una gélida noche con 9 años y por su edad, similar a la de Aldith y su paciencia con la chiquilla, enseguida la entrenaron para convertirse en su dama de compañía.  La dama de compañía de una princesa a la que halagar, vestir y peinar, una princesa que no tenía reparos en jugar con ella bajo la lluvia. Sin embargo la prematura muerte del rey convirtió a la risueña princesa en una reina que debía mostrar dureza y valor ante sus nuevos súbditos solo por no querer buscar un rey consorte. Así, su dama de compañía, su cómplice de juegos y travesuras se convirtió en la única persona en la que Aldith confiaba en un reino dominado por los hombres, fueran vasallos, campesinos o miembros de la corte.

 

Nadie esperaba que su padre, el rey, falleciera tan joven pero la guerra que había iniciado con los campesinos del reino vecino había acabado con él. Cuando el soberano de Kharod falleció sin descendencia el rey Dickon vio la ocasión ideal para ampliar su reino. Sin embargo no fue tan sencillo pues los campesinos no aceptarían sin rechistar un nuevo señor con nuevas leyes, condiciones y nuevos impuestos más altos.

 

– Mi señora… si consigue el reino de Kharod su padre se sentirá tremendamente orgulloso de vos. Vuestras arcas y vuestras tierras crecerán y podréis vivir sin preocupaciones.

 

-Meggy… que dulce eres. – Aldith la observó unos instantes. – Para conseguir Kharod debo destruir gran parte de Kharod. – Meggy la miró interrogante. – Ya ordené arrasar varias aldeas fronterizas, Padre decía que los villanos siempre se mantienen en las fronteras, lo más lejos posible de los Soldados de Ley. Si he de manchar mis manos de sangre, al menos que sea sangre malvada.

 

– En esas aldeas no solo hay villanos y asesinos, mi señora. También hay ancianos, niños y familias que deben labrar y cosechar los campos que queréis conquistar.

 

Aldith se encogió de hombros, se puso en pie y alzó los brazos para que Meggy le ajustara el camisón y se lo perfumara.

 

– Esta noche está ardiendo Highmell y mañana Westholt se convertirá en cenizas también. – Aldith parecía estar pensando en voz alta y Meggy ahuecaba las almohadas, silenciosa, cabizbaja.  – ¿No dices nada? No… tú siempre callada… diría que todo lo que digo te parece bien… ¿es cierto Meggy?

 

– Yo no comprendo la guerra mi señora, mucho menos sus estrategias.

 

Aldith se dejó arropar, suspiró de nuevo y cerró los ojos.

 

-Buenas noches Meggy, no cierres la puerta y ve a comprobar que todo el mundo está haciendo su trabajo.

 

Meggy bajó silenciosa los escalones. Los dos caballeros montaban guardia bajo las puertas de los aposentos de Aldith, la ama de llaves comprobaba que puertas, portones y ventanas estuvieran cerradas y de que todos los miembros del servicio se retiraran a sus aposentos.

 

Meggy se dirigió a la cocina, donde Wysman despiezaba codornices para el almuerzo del día siguiente.

 

-Wysman ¿pagaste al herrero?

 

-Si, pagué al dichoso herrero, aunque no se para que diablos estoy pagando unas herraduras que ya no voy a utilizar.

 

-Podrían sospechar si no te preparas para ir al pueblo mañana. No te marches y lo seguirás utilizando.

 

Wysman cogió el rostro de Meggy y besó sus labios con suavidad.

 

-Meggy, mi amor, si te vas yo no quiero quedarme aquí. Me iré contigo, iremos a Kharod, a la capital si es preciso, para que nos escuchen, deben seguir luchando contra esa tirana.

 

– Aldith no es una tirana, tan solo es hija del rey Dickon. – Wysman retrocedió unos pasos y continuó su labor.

 

– Como desees; la hija del rey Dickon ha calcinado Highmell y mañana hará lo mismo con la aldea en la que naciste.

 

– Ella no sabe que nací en Kharod, nadie lo sabe.

Wysman alzó el cuchillo asintiendo con la cabeza.

 

-Precisamente por eso nadie imaginaría que tú, su querida Meggy, y yo, el inútil cocinero, vamos a envenenarla mañana. Cuando Aldith aún esté escupiendo sangre ya habremos cruzado la frontera.

 

-Si… – Meggy fijó la vista en el horizonte, donde se vislumbraba el camino, más allá del foso, más allá del rastrillo… – El reino de su padre sufrirá lo mismo que Kharod cuando la princesa muera sin descendencia; eso es justicia.

 

– Eso es justicia, mi amor.

 

Aldith sangró, Meggy y Wysman huyeron, el reino sucumbió en el caos y la pobreza, los señores feudales arrasaron las tierras matándose unos a otros…

 

Kharod recuperó la paz y, al fin, ambos pueblos unieron fuerzas para labrar de nuevo sus tierras y crear un nuevo reino. El sueño de Dickon que debía cumplir Aldith se hizo realidad cuando el pueblo dejó de sentirse hostigado a ello.

Así era él

Publicado: 6 noviembre, 2017 en Sin categoría

Tenia una sonrisa sutil. Utilizaba la vocal más timida de todas; Jijiji. Casi no mostraba sus dientes tras sus finos labios. Parecía que le daba miedo sonreir y mostrarse feliz al mundo. Quizá porque no lo era. O puede que le diera miedo parecerlo y que la vida le aguardara alguna tragedia para compensar. Sin saber que él seria la tragedia de los que le queríamos.

Escuchaba rock, si, pero con los años se decantó por lo más melódico, por la melancolía. El último de la fila y Queen sustituyeron a Black Sabbath, a Ozzy, de quien había tomado prestado su apodo en la adolescencia. Claro que a veces sorprendía con el Cd de Mojinos Escozios o algo del soul de Sade en su taxi, carrera tras carrera, canturreando “No ordinary love“.

Ozzy lo llamaba su hija, no Papá ni Papi; Ozzy. Su osito gigante. Era tan alto que ella, alta como él, nunca dejó de alzar la cabeza para mirar sus ojos marrones, tristes e infantiles a la vez. Quizá tuvo que crecer tan deprisa que una parte de él prefirió quedarse en la adolescencia, la parte que reflejaban sus ojos si apartabas la tristeza.

  Puede que nunca le llamaran Papá pero fue padre, y muy joven, apenas un niño aún despertando. Nunca supo entenderla y durante un tiempo no lo intentó, con lo que acabó topándose con una adolescente complicada, hambrienta de atención pero esquiva de cariño. Era una batalla perdida de antemano. Quizá años atrás ya la había perdido. Intentó responder, la abrazó en sus primeros desamores, la castigó por sus primeros suspensos, buscó ayuda, lo intentó… Lo intentó… Pero no lo consiguió. Puede que nadie lo hubiera logrado en su lugar, es muy probable. Esa chiquilla estaba condenada a la melancolía, como su padre. Aún hoy lucha contra esos demonios que lo debilitaron a él.

  Él era el mar. Tardó unos años en descubrirlo pero al fin encontró su hábitat. El mar su refugio, el hogar su zona de comfort. El ordenador el mundo paralelo en el que desconectar.

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  De humor negro; era ironía y sarcasmo en su esencia. No era muy hablador, pero sus palabras valían oro. No era muy abierto, pero siempre educado y cordial. Sin embargo podías leer en su rostro cuando no estaba cómodo, cuando tan solo estaba siguiendo el protocolo y las normas sociales con una sonrisa helada a cada respuesta; o quizá es que ella le conocía bien sin conocerle, lo percibía, viendo sus propias expresiones reflejadas en las de él.

  Trabajaba 12 horas diarias pero se aferraba a un catarro durante una semana. Entonces caminaba por la casa, dejando una estela del sonido de sus zapatillas al arrastrar por el suelo; de la cama al sofá, del sofá al ordenador… Aprovechaba entonces para ver las mismas películas de siempre, sus clásicos; La guerra de las galaxias, El Padrino, Alien, Abyss, Mentiras arriesgadas… Su querida Sigourney Weaver; su teniente Ripley. Era friki antes de que ese término llegara a España.

  Era tranquilo y paciente. Calmado, sutil. Pasó por esta vida sin hacer demasiado ruido, con la esperanza de que le permitieran vivirla tranquilo.

  Pero su mente era rápida, ágil, despierta y muy curiosa. Nunca se cansó de aprender, de observar, estudiar… Puede que su cuerpo tuviera más edad que él pero su cerebro siempre fue joven y su corazón adolescente.

Y como un adolescente buscó el amor sin cansancio. Se enamoraba con la misma facilidad que su hija de quince años; por unos días, por unos meses o unos años; el tiempo que le permitieran amar. Y entonces no existía nada más que aquella a quien idolatrara. Quien le amara podía llegar a ser su alma gemela, fuera quien fuera, fuera como fuera. Le hiciera feliz o no. Vivía los comienzos como un adolescente, pero pocas se quedaron a su lado pasada la euforia inicial; porque entonces volvía a su comodidad, a su hogar, su sofá, su trabajo y su ordenador. Pero de todas aprendió algo, de ellas y de si mismo.

  Nunca tuvo coraje para enfrentarse a sus demonios; su melancolía, sus miedos, su padre manipulador, su gran amor perdido, el que dejó escapar, su hija esquiva que le idolatraba tanto como le repudiaba, el trabajo que no le hacía feliz… Nunca superó nada de todo aquello, simplemente vivió con heridas abiertas.

  Ni siquiera para marcharse fue escandaloso. Postrado en una cama, la mirada marchita, la conciencia olvidada, su brillante cerebro apagado… su malherido corazón no dio la talla y se lo llevó.

  Se fue sin poder cumplir su sueño; capitanear un barco, ser parte del mar. Murió dejando a una hija ya mayor con la que reconciliarse y una pequeña con la que, al menos, pudo resarcirse como padre. Unas hijas que, cada una a su manera, lo añoran a diario, sin saber muy bien como hacerlo. Dejando dos grandes consejos para la posteridad; “Dedícate a lo que quieras pero que te guste.” Y “Si tienes que preguntarte si estás enamorada es porque no lo estás” Porque eso fue él, un sabio de los errores cometidos, temeroso de vivir.

  Un enamorado del amor que no sabía querer. Y mucho menos a si mismo.

 

 

 

Etapas

Publicado: 17 abril, 2017 en Sin categoría

Hay etapas en la vida en las que llevas tanto tiempo inmersa en los problemas que traen el día a día que de repente ves que has perdido de vista tus metas, tus sueños. Que te has desviado en ese tortuoso camino de construirte a ti misma por el mero hecho de subsistir un día mas. Has dejado de estar en contacto con lo mas profundo de ti misma. Quizá estás en un trabajo que no te llena, pero ese trabajo conlleva conflictos y dudas a diario con los que olvidas que el único problema es que, ciertamente, no te llena. Simple y llanamente. O quizá te preocupa tanto que tu pareja no te haga feliz que olvidas que, si tú no eres feliz, nadie lo va a ser por ti.

Existe gente a tu alrededor que no pierde de vista esa Gabrielle interior que tú has arrinconado un poco. A veces es lo que necesitas para entrar en contacto con ella de nuevo. Están las amistades de toda la vida que no olvidan hacia dónde parecías ir encaminada ni el potencial que perdiste en el camino. Están las nuevas amistades a las que les puedes mostrar la Gabrielle que mas oportuna te parezca y por último están las amistades que te conocieron en la juventud, abandonando ya la adolescencia, encaminándote hacia lo que hoy eres. Testigos de lo que el paso de la juventud a la madurez te hizo perder; cuando las utopías aún parecían sueños por cumplir.  Unos han retomado la lucha, otros no; tú te quedas atrás, aletargada en un rincón esperando el foco que alumbre el camino.

Querida Gabrielle del futuro

Publicado: 22 julio, 2016 en Sin categoría

Querida Gabrielle del futuro:

Si vuelves a verte en la tesitura de vivir sola y estar soltera recuerda que:

-A menudo piensas que puede que no seas una persona con un carácter hecho para formar parte de una pareja y la creencia de que todos acabamos encontrando el amor para toda la vida que espera pacientemente a que estemos preparados para recibirlo no tiene porque ser mas que una película. Que desde hace mucho tu definición del amor ha cambiado mucho. Una no puede vivir enamorada del amor como si lo estuviera de una persona.

-Primero debes hacerte a ti misma. Porque estando en pareja realmente acabas convirtiéndote una y otra vez en una persona insegura, con dudas, que necesita que le confirmen que la quieren a diario. Aunque irónicamente escojas a hombres incapaces de entender y expresar sus propios sentimientos y en cambio los que lo hacen te resultan pesados. Y, claro, con esa combinación terminar por interpretar cada detalle, pensando día si día no “Ya no me quiere”, buscando la forma de ganar puntos y perdiéndolos todos de golpe en esos arranques que te dan después de aguantar hasta reventar. Y ya es tarde para explicarte. De todos modos no te entienden.

-Recuerda las horas mirando al móvil ¿porque no me escribe? ¿esta enfadado? ¿que puedo decirle que parezca casual y desenfadado para que no se note que no hago mas que darle vueltas? Las manipulaciones inconscientes por tu parte no te hacen ningún bien. Eres mejor persona sin esa faceta tuya.

-Recuerda también que siempre terminas preguntándote si esto del amor no será una cosa extraña relacionada con las hormonas, algo que tiene un periodo de validez y que, pasado ese periodo, es como quitarle la pegatina de garantía a un portátil. Puedes abrirlo, analizarlo y descuartizarlo todo lo que quieras… pero ya jamás será lo mismo para ambos.

-Piensa que ahora mismo te estás preguntando si serías capaz de estar sola cuando YA LO HAS HECHO. Cuando vuelvas a preguntártelo recuerda que has vivido sola en apenas veinte metros cuadrados, que has tenido tres trabajos a la vez, que te has desmayado en el trabajo tras semanas sin descansar un día entero. Que te has endeudado como todos alguna vez y no pasó nada; se solucionó. Que has llorado sola y has reído sola mil veces. Y que has reído acompañada mil veces más. Porque todo ha sido mas intenso.

-De tu primera relación estable a la segunda aprendiste a confiar, a dejar los celos a un lado. A controlar las emociones; intentar hacerte entender. Esto te parecía imposible conseguirlo, por lo que debes de tener en cuenta que de todas las relaciones aprenderás algo nuevo ya que todas te acompañan en el camino, de la adolescencia a la juventud; de la juventud a la madurez. Por lo que de la última relación que salgas también habrás aprendido.

-Porque cuando has estado sola, en realidad, no lo has estado demasiado tiempo, al menos físicamente. Y SIEMPRE te has dicho: “esta vez pienso estar un largo tiempo sola, conmigo misma, con los míos y con la persona que quiero llegar a ser” y NUNCA has cumplido esa promesa, apenas unos meses escasos. Por lo que ni siquiera sabes que habría pasado.

-Cuando has estado sola te has adaptado solo a ti misma; a tus horarios y a lo que a ti te apeteciera en todo momento. Porque, positivo o negativo, acabas adaptándote y adoptando una rutina común dependiente y cuando has estado sola es cuando has hecho mas cosas por ti misma; cuando has tenido que solucionarlo todo por ti misma, no había espalda en la que esconderse. Has echo mas cosas por ti misma, descubriste, estando sola, algo de ti que no sabías, algo que te gustaba hacer. Y como eso, y otras tantas aficiones y pasiones extrañas, dejas de hacerlas cuando tu tiempo lo ocupa el trabajo, la rutina y la vida en pareja.

-Porque con la edad una va haciendo limpieza de amistades, eso es casi inevitable. Con los años una va perdiendo el contacto y, con la madurez, decide perderlo. Pero algunas de esas pocas personas que se han quedado a tu lado pueden sentirse a veces algo abandonadas, sumergidas en tu rutina de pareja sin quererlo y, si no predicas con el ejemplo, no puedes pedir nada de ellas el día que te encuentres sola.

 

Has amado y has odiado. Has tomado buenas decisiones y has cometido grandes errores. Tanto sola como acompañada. Pero, según pasa el tiempo, el error de no amarse a una misma, de olvidarse, es cada vez mas contínuo y, al menos en tu caso, primero debes conocerte y enamorarte de ti misma porque si no, una y otra vez te convertirás en esa persona que detestas.

 

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Diario de una adolescente

Publicado: 10 julio, 2016 en Sin categoría

Se conocieron cuando ella tenía trece años y él diecisiete; una historia digna del diario de una adolescente.

Ella era una niña enamorada del amor de película donde el tipo duro pero tierno demostraba su devoción por la protagonista, normalmente en la escena final.

Él era un joven de barrio; un pícaro de sonrisa traviesa y ojos cautivadores. Tenía tanto miedo al dolor que estaba constantemente en guardia, dispuesto a dar la primera estocada. Era previsible que la mezcla fuera explosiva.

Ella llegó su corazón perforando la coraza de aquel chico bromista de gesto despreocupado. Cuando él preguntaba “¿Crees que soy un cabrón?” ella le respondía “Tan solo un cobarde”. Podían hablar durante horas o entenderse con la mirada. A veces él bajaba la guardia con un beso, una caricia… para después retroceder. Ella se asustaba, dudaba, escuchaba consejos… “Te va a hacer daño”. Pero ya le dolía. Temerosa e insegura daba un paso hacia adelante para luego dar dos pasos atrás en actitud defensiva. Él se apartaba de nuevo… y ella lloraba.

Y así pasaron los años.

La armonía entre los dos iba mas allá de la simple atracción; era una química casi primitiva que llegó sin más sin que ninguno de los dos fuera consciente ni supiera manejarla. Percibían enseguida en que estado anímico se encontraba el otro, sabían exactamente que decir y nadie como ella conseguía que él se mostrara tal y como era. Pero eran críos y aquello era un juego de críos.

A lo largo de los años llegaron a charlar de sus relaciones con otras personas; uno acudía al otro sabiendo que lo conocía como nadie, ninguno de los dos se paraba a pensarlo. Se aconsejaban el uno al otro que dejaran atrás la cobardía, la inseguridad… pero jamás fueron valientes el uno con el otro. A veces, solo de vez en cuando, él la acariciaba, cogía su mano, le besaba el cuello con ternura y la abrazaba, besándola muy suavemente. Entonces no existía nada más; solo ellos dos. Solo su abrazo. Después todo volvía a la normalidad; ella se asustaba. “Me va a hacer daño, él mismo me está avisando”. Se apartaba pero aquello nunca duraba demasiado; pronto se buscaban el uno al otro esa amistad, esa complicidad, alguien en quien apoyarse… Y tarde o temprano llegaban los juegos de palabras, los dobles sentidos; les encantaba jugar. Tonteos cómplices, casi silenciosos…

Ella buscaba cariño en otro brazos sin encontrarlo para volver, sin remedio, a esperarle a él. Pero él si lo encontraba en otras chicas a menudo, chicas que pasaban unos días junto a él sin pena ni gloria y ella lloraba hasta que un día, de repente, esas chicas no volvían.

Pocos la conocían como él, era imposible fingir a su lado; sabía lo que pensaba a cada momento, leía en su mirada por mucho que intentara ocultarlo por costumbre. Ninguno le había mostrado su parte mas débil, sus inseguridades, su verdadero corazón como él lo había hecho. Él quería besarla, permanecer a su lado… y protegerla incluso de si mismo, convencido de que no sería algo bueno para ella.

Pasó el tiempo y ella ya no podía contentarse con su amistad, con el recuerdo de unos cuantos besos, esperando los siguientes y, por primera vez ella importaba más que eso. Finalmente, él inició una relación estable y se apartaron gradualmente el uno del otro. Ella entendió que sería la única manera de olvidarle y él supo que esta vez no podría consolarla. Hasta la última vez que le vió. Sin decirlo en voz alta ella se dio cuenta que aquello era una despedida. Un último cigarro juntos, unas cuantas caricias y un último beso esta vez rápido, furtivo; un beso que él le robó a ella y cada uno siguió su camino.  A ella su camino le llevó a cientos de kilómetros de él, de su ciudad…

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Más de seis años después sonó su teléfono. “¿Sabes quien soy?” Tal cual. No lo dudó pero se quedó en silencio varios segundos incapaz de creer que aquella era su voz así, de repente…

Charlaron un buen rato, reían nerviosos. A través de las redes sociales el contacto se mantuvo; aunque apenas hablaron directamente en los siguientes años ella esbozaba una sonrisa tierna, recordando aquellos años de adolescencia bebiendo los vientos por él. Se alegró de que hubiera sido su primer amor, de haber crecido con él, con ese amor platónico que todas tienen alguna vez, que nunca sale bien; al menos el suyo tenía un gran corazón y la había querido, a su manera.

Pasó el tiempo y ella quiso volver a su tierra. Llegó entusiasmada con la idea de una nueva vida después de tantas visitas fugaces. En alguna ocasión se habían visto, apenas un café o una copa.

Salió a caminar por el barrio, a empaparse de todo lo que había echado de menos, de recuerdos a cada paso. Inconscientemente se encontró a escasos metros de la casa de aquel chico que había ocupado toda su adolescencia y, llegando le vio venir de frente. Le miró unos segundos  sin reconocerla y finalmente esbozó una amplia sonrisa, la rodeó con sus brazos y pasaron el día juntos. Tenían la sensación de conectar como antaño pero, a la vez, volvían a conocerse.

Intentar comenzar una nueva vida allí fue muy duro desde el principio y él estuvo a su lado a diario. Al acabar el día ella llegaba agotada, física y mentalmente y le buscaba. Se veían a diario, después de años sin verse. Poco a poco eran los niños de años atrás ya crecidos, doloridos de la vida y cicatrizando. Preguntándose si algo habría sido distinto de haberse escogido el uno al otro. Volvieron las miradas cómplices, las medias sonrisas, los dobles sentidos, las caricias y, finalmente, el beso. Esta vez se besaban dos adultos pero con la inocencia de dos críos sin atreverse a ir a más.

No fue una buena etapa para ella, los problemas se acumulaban; él era su refugio al final del día y no quería pararse a pensar en ello entre tantas preocupaciones. Simplemente se dejó llevar.

Para él ella seguía siendo la misma niña dulce, inteligente y soñadora. Pero algo había cambiado en ella y ahora era más misteriosa, hermética y a la vez más directa, sensual y juguetona.  Ella no supo lo que él esperaba y él no supo que esperar. Cobardes.

Entonces pasó algo terrible en la vida de ella y tuvo que tomar una decisión. Una mañana fue a buscarle; se sentaron bajo la sombra de un árbol y permaneció callada unos minutos; no sabía como decírselo, a él, que había estado a su lado desde el primer momento. A él, con el que después de todo no había perdido aquel entendimiento, aquella complicidad instintiva, casi primitiva…

“Te vas, ¿verdad?” dijo él sin que ninguno levantara la vista. Solo pudo asentir. “Todo lo que me está pasando es demasiado para mí.” Se quedaron en silencio. Seguro que él se enfadó. Se iban a perder el uno al otro de nuevo, en el camino.

Fue él quien la llevó cargando sus maletas en el coche, en silencio. No podía ser de otra manera. Como todas las grandes historias, aquella acabó con un beso agridulce en el aeropuerto que, esta vez, ella le robó a él. En el avión recordó todos aquellos besos a lo largo de los años, momentos que una nunca olvida, momentos escritos en un diario de adolescente. Recordó aquel primer beso, con apenas catorce años y supo que este sería el último.

Ahora los dos son felices con sus respectivas parejas y sus sueños por cumplir. A pesar de la distancia, procuran estar al día de la vida del otro y los dos saben que esa amistad se ha forjado a fuego y que eso nunca lo perderán. Ella sabe que es una de esas pocas personas por las que vale la pena esforzarse para tenerlo en su vida sea del modo que sea porque corazones como el de ese chico duro lleno de ternura no se cruzan en la vida a menudo. Pero un minúsculo rincón de su alma se preguntará siempre que fue de lo que se perdieron.